Un piloto boricua le sube el volumen a la música en el avión de 8 pasajeros de San Juan a Culebra. Ni siquiera es necesario pasar por seguridad y si los 8 están antes de tiempo, no hay nada qué esperar y nos vamos al Caribe. Los 25 minutos de viaje te regalan mejores vistas que cualquier paseo en helicóptero: vuelas bajito y los degradados de azul y verde, las formaciones rocosas, el conglomerado de palmeras y de tabonucos, la arena blanca y hasta los aventureros en paddle o kayak son parte de tu panorama a través de la ventanilla y la salsa del conductor. Los lazos que se crean entre los presentes en el micro aeroplano perduran y a la hora de un encuentro en el gentío de la fiesta del 31 merece un abrazo emotivo.

Casitas color pastel, manglares y caderas. Los culebrenses en el porche de su casa ven pasar los vecinos y los extranjeros que caminan a la plaza con su hielera de rueditas. Se instalan a unos pasos de la tarima donde cuatro latinones cantan con una camisa abierta abajo del pecho y bailan con un trasero parado y brazos que se zangolotean entre salsa, bachata, merengue y reggaeton.

Los cantantes anuncian el gran acontecimiento: “¡Sólo media hora, mi gente, para el próximo año! Nomás, por favorcito, dejen pasar la ambulancia. Gracias, gracias. ¡Media hora!” Y todos bailando el mismo paso, boricuas y no boricuas, jóvenes y viejos y niños en las espaldas de sus papás. Los famosísimos chubazcos caribeños no paran simplemente porque allá abajo celebran algo. Entre el reggaeton y los bailes ellos atacan. Bajo la euforia, la mayoría continúa sus pasos al ritmo de la música y deja que las gotas celestiales refresquen el calor húmedo en el que estaban envueltos. Al cabo que no duran más de diez minutos. 

¿Hambre? Hay pinchos de pollo y carne, pedazos servidos en un picadientes con salsas de barbeque, ajo y picante con pan. El recorrido del pincho en el asador a tu mano conlleva una lentitud monumental. Así como tenemos la imagen de los hijos del Borinque contentos y relajados, así de contentos y relajados te sirven la comida y en lo que saludan, cantan, sacan el papel de aluminio, acomodan las servilletas, le ponen una salsa, le ponen la otra y se lo dan a algún cliente que ni está en la fila, ya te dieron ganas de ir al baño otra vez y esa otra fila está todavía peor. 

El alcalde de Culebra y su esposa, ambos trajeados en blanco, bronceados y bajo sonrisa grande, sueltan palabras que nadie escucha en los últimos minutos del 2015. Ahora sí, pum, sash, juegos artificiales, abrazos y cerveza al aire. Se despide el grupo de latinones con una última canción y el lema que han repetido las dos horas anteriores: “¡Yo soy boricua!” Y el tumulto contesta en gritos: “¡Pa que tú lo sepas!”. En su lugar, la música comercial toma el micrófono. Las amiguis noruegas en primera fila la interpretan y se unen pubertos, locales y adultos al círculo de brincos y bailes pegados ya más en estilo gringo que en modo latino.

Ya bailamos el trenecito, el limbo y no podía faltar la bolita. Ahí va uno al centro y se mueve como puede hasta abajo, abajo, mientras todos gritamos ¡eh, eh! Luego la pareja coqueta, los dos con pelo chino afro, mueven su melena de aquí a allá, de arriba a abajo hasta que un par de hermanos los reemplazan con un movimiento de rock clásico que tumba al güerillo y deja a los demás entre carcajadas. Ahí viene el gordito otra vez con la Medalla Light pegada a su mano, ¡fondo, fondo, fondo! y de la cerveza solo queda una lata aplastada. 

La fiesta sigue más allá de la plaza. Afuera de los hostales del centro, jóvenes de varias nacionalidades imitan el ritmo latino con alcohol fluyendo de la mano a la cabeza y a los pies en un control del cuerpo que no necesariamente se ve igual que el de la niña mulata de siete años a unos cuantos pasos. Los nietos le bailan a los abuelos sentados en sus sillas de playa, las parejas agarran su spot para el pasito tun-tun, la vueltecita, la otra vuelta, donde sea, banqueta, calle, abajo del toldo resguardados de la lluvia esporádica o a la intemperie: en cada rincón hay música y más sonrisas tostadas bailando. 

Después de la tormenta nocturna llega algo parecido a la calma en Culebra y la gente se va sus botes ya sean dinguis, veleros o yates. A lo mejor el ritmo de la música es más leve pero no se apaga y las actividades con la familia y con los perros continúan a la luz del sol caribeño.

Photos credit Fernanda Ballesteros