“el problema no es que duela, el problema son las huellas”,  Ricardo Arjona.

Reunidos para iniciar una clase de yoga, una de las participantes me comenta:  “tengo flexibilidad menos cero” e intenta, en ese momento, tocarse los dedos de los pies con las manos llegando casi a sus tobillos.   Esa acción se vuelve viral y el resto del grupo empieza a medir su flexibilidad sin calentar y sin alinear correctamente su cuerpo, con el único objetivo de llegar a sus pies.   Además del cansancio y estrés que nos genera la vida diaria, la competencia por  ser los mejores y el instinto de supervivencia de dar todo por el todo;  ¿cuánto más estamos dispuesto a sacrificar por ser mejor o igual que los demás?, ¿merece la pena arriesgar también la salud de nuestro cuerpo y la paz que se puede encontrar en una rutina que busca un espacio para el cuerpo y un descanso para la mente?

En el yoga, como en otras disciplinas, al pensar en flexibilidad o fuerza muchas veces lo relacionamos con llevar nuestro cuerpo  a  un estiramiento o resistencia extrema para lograr las posturas que vemos en revistas.  Olvidando que uno de los principios del yoga es la no violencia –ahimsa –, que se refiere al respeto por la vida; y pasando por alto que  nuestros cuerpos emanan vida, emociones y pensamientos.

Pero cómo saber hasta dónde llegar, cuáles son nuestros límites o cómo hacer para llegar a ser tan buenos como los mejores.  El yoga no es una competencia, es una exploración personal que requiere constancia para avanzar y comprender la postura,  el movimiento y cómo cada una de las partes de tu cuerpo en el proceso se entrelazan.

Mantener nuestro cuerpo activo es más que moda, es una necesidad y garantía de mantenernos en el tiempo.  En la medida que la flexibilidad mental y emocional se integren a nuestra práctica: comprenderemos que siempre habrán nuevos límites, apreciaremos los mensajes  de la consciencia corporal, aprenderemos que la respiración juega un papel importante en nuestro avance y que la incomodidad sin violencia “sí existe”.

Lo impuesto y obligado normalmente genera resistencia y nuestro cuerpo no es la excepción; tomemos en cuenta que una práctica saludable es aquella en la que se empujan gentilmente los límites,  se trabaja con cuidado y paciencia, se explora la energía del cuerpo sin agotarla y donde lo importante es despertar no presionar. En tres letras “SPC”, que tu práctica sea suave, paciente y consciente.

La fatiga muscular producto de un trabajo forzado y  la tensión muscular desmedida como resultado de la búsqueda de flexibilidad, son realmente las principales razones por las que  restringimos nuestro progreso,   incrementamos nuestros límites y damos poder a la resistencia. La próxima vez que quieras alcanzar una postura pregúntate primero: ¿cuánto vale la pena sacrificar por lograrlo?, ¿es esa postura mi límite?, ¿cuántos años más quiero que mi cuerpo esté sano para continuar explorando sus espacios?.  Lo que en un minuto puede parecer una pequeña fatiga o un tirón sin importancia, mañana o en unos años puede representar una lesión o daño irreparable y con secuelas que afectarán directamente tu práctica.

El cuerpo es un regalo maravilloso, que aún la ciencia no termina de descubrir, y posee una sabiduría e intuición que le permiten activar sus propios mecanismos de protección para garantizar un funcionamiento equilibrado.  Acepta el descanso y la práctica de escuchar los mensajes de tu cuerpo, para lograr el avance que deseas, e incorpora la suavidad, paciencia y consciencia.

“el problema no es que duela, el problema son las huellas”,  Ricardo Arjona.

Photo credit : Carolina Williams